Si hay algo que a mí y a mi hermano nos gusta es ahorrar. Después viajar. Pero primero ahorrar. Y cuando estábamos organizando la vuelta a Barcelona de nuestro viaje a Disneyland Paris, los pasajes en el tren directo de alta velocidad estaban tan caros que decidimos buscar una alternativa. Y la alternativa fue ir de París a Lyon en tren, pasar una noche ahí, y después volver en bus a Barcelona. El pasaje en tren París-Lyon lo pagamos €23. El hotel, €29 cada uno. Y el bus a Barcelona €24 por la compañía Flixbus. En total, conocer una ciudad más y tener un día de viaje extra nos salía €76. El tren directo a Barcelona salía €120. No había ni que pensarlo; ¡los Martin van a Lyon!

Pero finalmente íbamos a descubrir que ahorrar no iba a ser tan buena idea como parecía. El tren de París a Lyon: una maravilla. En dos horas estábamos en el centro de la ciudad y salimos a recorrerla y a aprovechar al máximo las 24 horas que teníamos. En seguida nos encantó. Es una ciudad universitaria llena de gente joven, bares y vida en la calle hasta después del anochecer -algo no muy común en Francia-. Lyon tiene una parte moderna, que nos recordó mucho a Alemania, y otra antigua, que nos recordó a Italia. El centro era una mezcla de París, Valencia y hasta los rincones más europeos de Buenos Aires. Es una ciudad muy ecléctica y no tardamos en darnos cuenta de que ambos íbamos a querer volver.

Intentar aprovechar hasta el último minuto en Lyon hizo que estuviéramos a minutos de perder el bus de vuelta. Llegamos a la estación despeinados, transpirados, y como ya es tradición, echándonos culpas mutuamente por haber terminado en esa situación. Nos sentamos aliviados y empezamos a comer todo lo que habíamos comprado para amenizar 9 horas de viaje relajante por el sur de Francia.

Ambos tuvimos varias experiencias viajando en bus. Y ambos tuvimos malas experiencias viajando en bus. Por lo general baños que no funcionan, baños que huelen mal, baños inexistentes, gente que habla muy fuerte, gente que ve videos sin auriculares, gente borracha, gente sospechosa, y lo peor: problemas en las fronteras cuando sube la policía y baja a algún pasajero indocumentado. O a alguno sospechoso de llevar algo ilegal encima. Lamentablemente ese es el día a día de los buses. Los controles son mucho menores que en cualquier otro medio de transporte y los precios son los más bajos; ese es el caldo de cultivo para que sea la opción favorita de gente viviendo al margen de la ley o intentando trasladarse pasando desapercibida. Pero bueno, no siempre pasa algo, ninguna de las situaciones que habíamos vivido hasta el momento era grave, y el bus salía 5 veces menos que el tren. Un precio demasiado bueno para resistirse. Aunque hubiera que aguantar un poco de olor a meo o presenciar alguna discusión con la policía.

El viaje venía lento pero venía bien; vimos ciudades desde el bus, admiramos todos los productos y souvenirs de lavanda que venden en las estaciones de servicio ruteras de la Provenza, reímos, tomamos helado y recordamos cuánto nos gusta Francia. Hasta que llegamos a Perpignan.

Perpignan es una ciudad casi en la frontera con España y su identidad es tan francesa como catalana. Yo ya había estado ahí hacía 12 años, también con mi hermano y también en viaje hacia otro lado, y la recordaba como la típica ciudad francesa con aire de pueblo, clima de siesta constante y calles pintorescas pero desiertas. Un lugar tranquilo en el que no parecía pasar mucho.

Así es como yo recordaba Perpignan. Foto de www.aquitaineonline.com.


El bus paró en la estación para dejar y recoger pasajeros a eso de las 9 de la noche. Me acuerdo que me llamó la atención un hombre joven con todo el pelo hecho una rasta durmiendo entre bolsas junto a la puerta principal. En el verano francés todavía era pleno día. Y yo podré estar a miles de kilómetros pero no dejo de ser porteña. Y los miedos porteños viajan conmigo. Cada vez que el chofer abría el baúl para sacar o poner equipajes, yo bajaba “a estirar las piernas” y a controlar que los nuestros siguieran en su lugar y que nadie se los llevara “por equivocación”. En Perpignan también; mi hermano quedó cuidando nuestros asientos y yo bajé a encargarme de vigilar el baúl.

La fila de pasajeros nuevos no avanzaba. Por alguna razón el control estaba tardando y yo estaba en mi mundo cuando se me acercó una nena de no más de tres años. Me sonrió y me señaló algo entre las valijas, dentro del baúl. La saludé y le sonreí. Ahí empecé a escuchar gritos arriba del coche y vi que el chofer estaba haciendo bajar a varias personas. Bajaron entre insultos y el chofer les pidió que sacaran las cosas que ya habían metido en el baúl. Uno de ellos, de forma brusca y violenta, sacó un cochecito lleno de basura de entre las valijas. Con el movimiento, la basura salió despedida sobre el andén. Ahí me di cuenta de que la nena que me sonreía estaba con ellos.

Empezó una discusión acalorada; era un grupo de 4 adultos -más la nena- que aseguraban tener pasajes pero no aparecían en el manifiesto. Mi hermano desde arriba del bus me avisaba que había un quinto que nunca bajó del bus; estaba escondido atrás de un asiento y solo se le veían los pies. Nadie decía nada.

El chofer empezó a la llamar a la empresa para aclarar el asunto. El baúl seguía abierto y yo no quería perder de vista las valijas. Especialmente ahora. Los sin pasaje eran un grupo de marroquíes de veintipocos años, tres hombres y dos mujeres completamente drogados. Hablaban a los gritos y se ponían cada vez más violentos contra el chofer. El resto de los pasajeros miraba impávido, como si la pelea y el grupo de drogados fueran invisibles. No había ninguna autoridad alrededor. Ni policía, ni seguridad, ni empleados, ni otros choferes. Era nuestro bus, el hombre de las rastas durmiendo, y la soledad de una ciudad francesa por la noche.

El chofer cerró todas las puertas para que los sin pasaje, que no paraban de gritar e insultar, no pudieran volver a subir. Yo quedé “encerrada” abajo del bus con ellos. Mi hermano arriba con el polizón. El grupo empezó a arrinconar al chofer entre amenazas. Uno de ellos se levantó la remera y mostró un abdomen lleno de tajos. El chofer se rindió y les dijo que si querían subir tenían que pagar 40 euros en efectivo cada uno. Los pasajes de Flixbus se venden online o en la ventanilla de la empresa. Lo que el chofer estaba haciendo era pedir una coima. Los sin pasaje empezaron a sacar billetes y la pagaron.

Yo estaba sola con ellos y con el chofer y no podía sacarles los ojos de encima. El de la panza con tajos me vio y vino hacia mí. “¿DO YOU SPEAK ENGLISH?”. “NO”, le dije así en mayúsculas, pero realmente diciéndole “no te metas conmigo”. No fue valentía, fue lo que me salió. Se dio cuenta de que lo estaba desafiando, me arrinconó más contra la puerta cerrada del bus y volvió a arremeter, “¿Ah, no? ¿AH, NO?”. En ese momento el chofer abrió las puertas y me abalancé hacia mi asiento gritándole a mi hermano que no dejara que se le sentaran al lado. Atrás mío subió la turba de sin pasajes entre gritos y risotadas, para terminar tirándose despatarrados sobre los asientos del fondo. Era evidente que disfrutaban de la incomodidad y el miedo que causaban. El bus era un caos pero ninguno de los pasajeros emitía palabra. Todos actuaban como si no estuviese pasando nada.
Mi hermano no suele ser muy lúcido pero su rapidez para pensar en este momento nos salvó. Me preguntó; “¿No te querés bajar? Tiene que haber otro bus. Decidí rápido”. “BAJAMOS”, le dije.
Fuimos a buscar al chofer para que nos abriera el baúl y nos diera nuestro equipaje. El chofer quiso convencernos de quedarnos: “Mi prioridad son ustedes, yo me voy a ocupar de que no pase nada”. Él mismo se había ocupado de que 5 personas drogadas y violentas subieran sin boleto a un bus a cagarle el viaje y a poner en peligro al resto de los pasajeros. No, nos vamos. Agarramos las valijas y vimos el bus alejarse desde la soledad de la noche de Perpignan. La nota de color de esta historia es que el chofer coimero… era argentino.

La estación de Perpignan en horario pico. Se ve tan vacía como cuando estuvimos nosotros. Foto de les-pyrenees-orientales.com.

Pasamos junto al hombre de la rasta y entramos a la estación. Las últimas persianas de los negocios se estaban cerrando y las pocas personas sentadas en el hall nos miraban al pasar. Ninguno tenía equipaje. Nadie parecía estar ahí para viajar. Buscamos algún lugar seguro para sentarnos a comprar otro pasaje por internet. No lo había. No había oficinas ni mostradores abiertos, ni gente de seguridad, ni siquiera de limpieza. Solo había pasajeros y gente esperando algo. Todos nos miraban. Una chica con pinta de exconvicta nos miraba con los ojos abiertos como platos mientras se besuqueaba con su novio. Entramos a la página de Flixbus y compramos un pasaje para el bus que pasaba dentro de una hora y diez. Que en teoría pasaba en una hora y diez. Porque si venía con retraso no teníamos manera de saberlo. Era sentarse y esperar. Y rezar. La chica se seguía besando y nos seguía mirando.

Quisimos ir al baño. La señalización de la estación parecía reírse de nosotros: “baños abajo”. Cuando bajamos, “baños arriba”. Cuando subimos, “baños al fondo”. Nos cansamos de recorrer la estación vacía con el culo fruncido y decidimos aguantarnos. Vimos que había un hotel dentro de la estación. Pensamos en que si todo fallaba podíamos pasar la noche ahí, y nos reímos imaginando que seguramente quienes lo atendían eran los mismos habitués de la estación de quienes queríamos escapar.

Con el culo aún fruncido y aguantándonos el pis fuimos a esperar el bus afuera entre rezos. Nos dimos cuenta de que estas cosas SIEMPRE nos pasan en Francia. Viajamos mucho en bus por España y por el Reino Unido y nunca tuvimos problemas. Tomé buses en Alemania y en República Checa, y en ningún momento viví situaciones incómodas. Todas las anécdotas que teníamos se relacionaban con una frontera francesa. Y mientras se desencadenaba la escena de los drogados sin pasaje no podíamos dejar de acordarnos de la peor de todas las anécdotas que conocíamos. Una que no nos pasó a nosotros sino a una amiga de mi hermano. Ella viajaba en bus de Marsella a Murcia cuando un pasajero enfurecido con el chofer agarró el volante y hizo volcar el coche. Hubo 2 muertos y 30 heridos, y la amiga de mi hermano pasó semanas internada, sufrió lesiones y perdió varios dientes (acá está la noticia que salió en todos los diarios). Ninguno lo había dicho hasta ese momento pero era lo único en lo que pensamos cuando vimos subir al grupo de sin pasajes de prepo y a las risotadas.

Increíblemente nuestro segundo bus llegó a horario. No había polizones, no había drogados. Subimos aliviados y ansiosos por finalmente cruzar la frontera y terminar con la pesadilla francesa. Faltaban solo 38 kilómetros. Estábamos a un paso.
Ya era completamente de noche y del otro lado de la ventanilla no se veía absolutamente nada. Al fondo, un grupo de chicas adolescentes charlaban en voz alta, ponían los pies sobre los asientos y se reían. Era música para nuestros oídos pero todavía no podíamos relajarnos. Ya estábamos en estado de estrés y solo íbamos a estar tranquilos cuando llegáramos a España.

A la media hora de arrancar el bus se sacudió de golpe, como pegando una pequeña frenada brusca. Sonaron unas alarmas que parecían indicar que volviéramos al camino, o parecían querer despertar al conductor. No podíamos más. Teníamos la cabeza a mil y el Google Maps abierto mostrándonos cuantos centímetros faltaban para llegar a Barcelona.
Nos detuvimos. El chofer bajó en una estación de servicio justo antes de cruzar la frontera y nos dejó sin decir nada con el bus a oscuras. Pasaron más de 20 minutos y no volvía. Bajamos a buscarlo. Lo encontramos comiendo algo y charlando con el personal de adentro de la estación. Volvimos a esperar en la penumbra y mirando para todos lados para asegurarnos de que no subiera nadie de afuera.
Media hora después de parar arrancamos otra vez. El Google Maps era un minuto a minuto y festejábamos cada vez que pasábamos por una ciudad española que nos era familiar. Hasta que finalmente entramos en Barcelona y fue como volver a llegar a Disney. A la una de la mañana la estación de buses de Barcelona, con su gente con valijas y sus choferes charlando, parecía el lugar más inocente del mundo.

En ese momento ambos nos juramos nunca más volver a tomar un bus de larga distancia en Francia. Salga lo que salga. Vivir esta situación nos hizo dar cuenta de la falta de controles en las estaciones; no había ninguna autoridad ni gente de seguridad a quien llamar. Si la situación hubiese sido aún más grave, no había nadie para interceder. El chofer estaba solo. No tenía reemplazo en caso de sentirse mal o de necesitar relevo durante esas 9 horas. Y a diferencia de lo que pasa al abordar un tren o un avión, la seguridad previa en un bus es nula. Se puede subir absolutamente cualquier cosa y no presentar ningún tipo de documento y se embarca igual. Eran cosas que nunca habíamos pensado mucho hasta esa noche, cuando nos sentimos absolutamente desprotegidos.
A veces lo barato sale muy caro y este fue el universo gritándonos que hay euros que es mejor no guardarse. Porque la verdad es que nos gusta ahorrar. Pero la verdad, la verdad, nos gusta más poder seguir viajando.


*La de arriba por supuesto fue mi experiencia y quería compartirla. No es mi intención demonizar los buses porque la mayoría de mis experiencias no fueron malas, pero sí quiero dar mi testimonio sobre sus posibles contras o riesgos involucrados. Cada una sabrá tomar la decisión acerca de qué medio de transporte es el adecuado para su viaje.

*Este fue mi segundo viaje a Francia con mi hermano. El primero lo cuento en el post Paris je te déteste. Esta vez esperábamos que Francia nos tratara mejor. No fue así pero seguiremos insistiendo.

*Con respecto a Flixbus, inmediatamente iniciamos el reclamo para que nos reembolsaran todos los pasajes: los que tuvimos que comprar para escapar y los originales. Recibimos respuestas negativas durante meses, pero mi hermano es muy insistente: finalmente los cansó con quejas y nos reembolsaron la plata de los pasajes originales.


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